17 oct. 2011

Un sinfín

No sé si necesito darme cuenta de cuál fue el momento exacto en el que sentí el final atravesándome los huesos y la garganta.
Mil imágenes me indicaron que algo se había roto y que lo vivía en presente, que las palabras venían a mí mientras todavía ocupaba un pedazo de cama que no sentí mío nunca. Y tragaba lágrimas en silencio mientras esperaba que pasen rápido las horas para poder correr lejos.
Con una mezcla de sentimientos patéticos agolpándose en mis oídos me repetí que deberías hundir tu nariz en mi cuello y tener miedo de no poder seguir sintiendo mi perfume.
Habiendo llegado a sentirme feliz conquistando nimiedades, sentí aún más intensa la necesidad de poder llorar en silencio y dejarte ir del todo.
Cuando llegué a casa lavé los platos con la mirada perdida. Ni el detergente me quitaba las penas.
Las paradojas y metáforas se multiplicaron tanto en tan pocos días, que supe que la conclusión había llegado antes de tiempo.
Me queda la satisfacción de haber elegido escribirme y perderte.

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